AHORA
- Ana Mata
- Jul 22, 2020
- 2 min read
Es el tercer día consecutivo que me como
un aguacate completito a solas.
Perfectamente a solas
ni las olas, sólo yo.
Mi madre se preocupa.
En los silencios perfectos de su sordera
siente mis pisotones que retumban
hasta donde ella está.
Me pregunta si estoy bien.
Si necesito ayuda.
Si algo me pasa.
Si pasa algo.
Miro la pantalla. Nada digo.
Mientras, más bien sudo.
Mientras, más bien respiro.
Doy click en skip
en los anuncios de YouTube
que me recuerdan
definitivamente que YouTube
ya no es lo que antes era
y si la tristeza no es eso
entonces qué es la tristeza.
Mientras, más bien miro.
Copio los movimientos de gente que vive en África.
La pantalla brilla. La música que ponen en Ghana,
Nigeria y Senegal, sus movimientos extraños y ruidosos,
me dejan el cuerpo despierto y
eso tiene sentido para mí ahora.
El culo me rebota
es el aguacate.
Las manos me sangran
es la mañana.
La pantalla alumbra mi camino
esto ya es mucho.
Miro hacia afuera.
Ahora me dedico a eso.
Hay un náufrago en el camellón de la avenida.
Hace la coreografía de la desesperación.
Es simple y casi insoportable:
los pies negros y descalzos
la cola sobre el piso
las piernas como svástikas.
La mano izquierda sobre el omóplato del mismo lado (pasada por encima).
La mano derecha sosteniendo al pie derecho para que no se escape.
La cola que barre el piso hacia los costados.
La cabeza que dice no rapidísimo.
Los brazos que se liberan juntos para
decir claramente qué, qué quieres.
Practico y repito y sudo.
Ahora soy todo mirar y mover.
Repito una última vez
y luego una última más.
Varias veces me digo que es la última
pero nunca se le quita ese saborcito de última vez
a todas.
Y cuando freno estoy pensando en los padres
que dejan solos a su hijos en el mundo. Solos en un camellón
recargados en torres de alta tensión
que zumban como las peores estrellas que han visto
y que él, sin duda, mira con los ojos cerrados todo el tiempo.
Ahora tenemos una relación
porque yo hice su danza
y me imagino que eso implica
sentir un poco como él. Lo que se siente ser él.
Y quiero ofrecerle algo
pero cuando bajo a verlo
ya de cerca, me da miedo
y él lo huele
y me manda a la chingada.
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